Las dos Españas: la envidia y el odio vínculos sagrados de coexistencia
DIRECTOR: ALEX DE LA IGLESIA.
INTÉRPRETES: CARLOS ARECES, ANTONIO DE LA TORRE, CAROLINA BANG, SANTIAGO SEGURA, SANCHO GRACIA, MANUEL TALLAFÉ.
GÉNERO: DRAMA / ESPAÑA / 2010 DURACIÓN: 107 MINUTOS
SALA DE EXHIBICIÓN: CINES VICTORIA (Don Benito).
Áspera como una lija esta película de clara inspiración metafórica convertida en un extraño mejunje de géneros que sirve como excusa para reflexionar de nuevo sobre esa rémora que como una lacerante y eterna condena resume los más siniestros odios y no deja avanzar a este puto país: los traumas de la Guerra Civil y su proyección en la historia. El film tiene un buen arranque, unos magníficos títulos de crédito y un prólogo brillante (alrededor de veinte minutos bañados de imágenes y música con un montaje espléndido que pone los pelos como escarpias), el único problema de esta desatada introspección sobre el odio cainita, la envidia y la violencia encarnizada es la reiteración de Alex de la Iglesia en la temática (Muertos de risa tenía una premisa muy parecida) y las situaciones salvajes que viven los protagonistas -dos payasos a modo de perros rabiosos mordiendo la misma presa-, enfrentamiento que de alguna manera limita toda la película.
En su comienzo BALADA TRISTE DE TROMPETA nos traslada a el Madrid de 1937, cuando el payaso tonto de un circo ve como todos los componentes del mismo son movilizados por el ejército republicano y masacrados después por las fuerzas rebeldes, siendo él mismo involucrado en una acción bélica en la que se enfrenta con un machete a los soldados rebeldes. Herido en una pierna, es apresado y enviado al Valle de los Caídos donde es condenado a realizar trabajos forzados. Su pequeño hijo, Javier, acude a visitarle y es testigo de su muerte. Un salto temporal traslada la acción al año 1973 en los estertores del régimen franquista. Javier (Carlos Areces) ya es mayor e intenta emular los pasos de su padre trabajando de payaso triste en un circo. Su labor sirve de contrapunto a la del payaso tonto, Sergio (Antonio de la Torre), un tipo que si no fuera payaso sería un asesino, pero que encanta a los niños. Sergio tiene muy mal carácter en su vida privada, pues es posesivo, celoso y maltrata brutalmente a su novia, Natalia (Carolina Bang), una bellísima acróbata de la tela de la que Javier se enamora perdidamente. A espaldas de Sergio, Javier hace algunas salidas con Natalia, lo que supondrá el inicio de un enfrentamiento sanguinario entre los dos payasos.
Tras una filmografía compuesta por nueve películas, El día de la Bestia sigue siendo a día de hoy la mejor cinta del director bilbaíno (La Comunidad, digan lo que digan, es un plagio apenas camuflado y nunca reconocido de El quimérico inquilino de Polanski), un cineasta con un universo muy personal y reconocible capaz de conferir a sus obras un brío inusitado, pero que en algunas ocasiones, asaltado por sus demonios y obsesiones, tiende a repetirse. BALADA TRISTE DE TROMPETA se nos presenta como un artefacto muy localista e incomprensible para el público foráneo, acotada por innumerables mojones a modo de iconos, hitos y referencias de nuestra historia y cultura, y que en forma de tragedia grotesca, barroca y excesiva (Alex y el gran guiñol, Alex y el esperpento) materializa en un puzle imposible en el que sobran piezas. El espectador puede salir aturdido de una función dinámica, abrumadora en su desgarrado encono de la violencia y atrevida en su orgiástica voluntad transgresora y multireferencial, una dislocada batidora que mezcla arbitrariamente hitos dramáticos y folclóricos de nuestra historia y cultura: la Guerra Civil, aquel “intrépido” cazador llamado Francisco Franco, Fraga, el atentado de Carrero Blanco, las andanzas de el Lute, los payasos de la tele, las canciones de Marisol y Raphael, el circo, la mujer fatal, los tebeos, la estética sórdida de Tod Browning, el mito de la Bella y la Bestia, la ternura enloquecida del monstruo, el terror más sanguinolento y, finalmente, el consabido homenaje a Hitchcock. Una miscelánea nostálgica e infernal que difícilmente puede ser exorcizada con ese cuadro delirante de dos payasos dándose de hostias.
Aunque este cronista piensa que la violencia es telúrica, que no necesita justificación ni sentido, que se ha fetichizado hasta límites de un consumo adictivo, prolongando los líneas de demarcación hasta el infinito y más allá, he de reconocer que en algunos momentos me he sentido atraído por el hálito bestial de ese payaso dual que a modo de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde se desprende del estrambótico ropaje y el maquillaje con el que provoca las carcajadas entre el público infantil y se convierte en un monstruo ávido de sangre (atención a esa aterradora secuencia en la cafetería donde el gran Antonio de la Torre cuenta el chiste más funesto que he oído en mi vida y que termina con una soberana paliza a su novia), que infunde miedo a todos los que le rodean y le ríen las gracias. Un poso amargo, una mirada siniestra sobre una realidad más siniestra aún, pero el payaso tonto –sádico asesino en potencia- es incapaz de calibrar la voluntad del encoñado payaso triste como enloquecido rival. BALADA TRISTE DE TROMPETA es un film desmesurado y de innegable carácter subversivo, una inclasificable marcianada que tal vez no funcione como severa alegoría sobre las dos Españas, pero de su discurso anárquico y visceral se desprenden jirones de esa piel de toro reseca y amarga, donde los sentimientos sofocados, los amores imposibles, el deseo truncado, el odio y la violencia repulsiva surcan las vidas de unos seres desastrados con harapos teñidos de melancolía.


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