Por películas como esta amo el cine.
ANIMAL KINGDOM êêêê
DIRECTOR: DAVID MICHÔD.
INTÉRPRETES: JAMES FRECHEVILLE, BEN MENDELSOHN, JACKIE WEAVER, GUY PEARCE, LUKE FORD, JOEL EDGERTON, SULLIVAN STAPLETON.
GÉNERO: THRILLER / AUSTRALIA / 2010 DURACIÓN: 112 MINUTOS.
Película solo recomendada para paladares exquisitos y cinéfilos exigentes, ANIMAL KINGDOM es una de esas rara avis que le hacen a uno creer que entre las nuevas generaciones no está todo perdido. Aterradora ópera prima del australiano David Michôd -un tipo al que a partir de ahora hay que seguir el rastro porque seguramente le lloverán las ofertas– y ganadora del Premio al Mejor Film Internacional en el Festival de Sundance, nos encontramos ante un drama absolutamente atmosférico y de connotaciones criminales ambientado en los suburbios de Melbourne que nos muestra el proceso de desintegración de una familia de delincuentes acosada por la policía. El director debutante no se recrea en la violencia (que salvo en el escalofriante asesinato de la novia de J siempre es mostrada de forma seca y fulminante) ni le interesa contar una historia de buenos y malos o de policías y ladrones, Michôd explora el lado oscuro de la naturaleza humana recreando un microcosmos gélido donde las leyes se rigen por otros códigos: ritos codificados entre diferentes jaurías, manadas enfrentadas en una espeluznante lucha sin cuartel donde la lealtad y la traición son parte de un jeroglífico irresoluble del que nadie puede salir indemne.
La película narra la desgraciada historia de un adolescente, Joshua “J” Cody (James Frecheville), que tras la muerte por sobredosis de su madre, se ve obligado a trasladarse a la casa de su abuela, Janine “Smurf” Cody (Jackie Weaver), que vive en una zona suburbial de Melbourne con sus tres hijos varones. Andrew “Pope” Cody (James Mendelsohn), Darren (Luke Ford) y Craig (Sullivan Stapleton), todos ellos entregados a una vida delictiva y a los que la policía ha puesto cerco de manera asfixiante. Inevitablemente, el joven acabará mezclado en los turbios asuntos de su familia, sobre todo tras el asesinato por parte de la policía de Baz Brown (Joel Edgerton), con quien comparten negocios criminales y cuya muerte será vengada con el asesinato a sangre fría de dos agentes. La escalada de violencia no parece extinguirse, y es en esa coyuntura que aparece la figura del sargento Leckie (Guy Pearce), quien se acerca al joven Joshua tratando de ponerle a salvo y, de paso, conseguir su colaboración para detener a la banda.
Un magnífico libreto que desarrolla una línea de diálogos parcos y concisos en el mismo tono cadencioso de todo el film, parece preparar al espectador para viscerales explosiones de violencia. El susurro de la voice over del joven protagonista, las imágenes en ralentí, los sinuosos-deslizantes movimientos de cámara captan el pálpito de la tensión de manera fantasmagórica, mostrando de forma cruda y realista la destrucción de las fronteras morales en un escenario espectral donde la ciudad apenas muestra paisaje humano a plena luz del día, y donde el trío de hermanos se muestran como bestias acorraladas atisbando en el horizonte el fatal game over en la partida final de sus vidas. Es esa fascinante, hipnótica, vaporosa atonía lo que confiere al film una pátina insana, enfermiza, una negrura cargada de desencanto y existencialismo. J vive entre alimañas debatiéndose entre el amor a su novia (única salida a la encrucijada de su sórdida existencia) y la lealtad a su disfuncional familia, un brutal proceso de maduración en el que debe tratar de asimilar el sufrimiento, controlar el miedo y buscar soluciones.
ANIMAL KINGDOM se eleva como una sobria, poderosa, conmovedora película repleta de memorables interpretaciones: la besucona, implacable Jackie Weaver modulando la voz, verdadera amenaza en la sombra; un espléndido Guy Pearce dando oxígeno a un policía de buenas intenciones en una jungla de colmillos afilados; Ben Mendelsohn en la piel del feroz psicópata tío Pope, un duro misógino que llevará a cabo la acción más atroz y repugnante del film. El enfrentamiento de esta familia de sociópatas indeseables y mezquinos con una policía de métodos poco ortodoxos y muy cuestionables, le sirve a Michôd para armar un thriller trágico y de resonancias telúricas. Un espacio alienante y desolador que a modo del salvaje Oeste ve rota su imposible armonía con insoportable brusquedad. Pues, si desde la primera escena se aprecia una total falta de emoción (ese cuadro sobrecogedor de la madre muerta en el sofá mientras el chico, resignado, mira absorto la tele), el espectador será testigo de la insondable soledad del chico (la escasa capacidad expresiva del personaje hace más patente su hastío y desesperación), instalado en una jaula de fieras salvajes recelosas de su falta de compromiso y aislamiento, hasta llegar a un desenlace que llegamos a sentir como necesario: un fogonazo que salpica las paredes de sangre y abre la puerta a la libertad. Un film magnífico pergeñado por un auténtico alquimista.



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